Buen día, miserables.
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Buen día, miserables.
En el último día del año, he decidido por razones de convivencia no participar de la Mastoporra. Sabrán entender: el clima político viene pesado y está fácil inventarse problemas con nuestros enemigos. Más cercanos que los amigos.
Lo cual no quita que siga pensando en la muerte. No necesariamente cercana, mucho menos inevitable (¿cuál es el precio de la agonía?), pero siempre presente.
Me ahorraré impugnar nuestras costumbres funerarias: sé que secretamente ustedes también las aborrecen.
Propondré en cambio que cuando me muera se emborrachen en mi nombre. (O se droguen con lo que sea que les libere las inhibiciones. No soy tu mamá para decirte qué tenés que fumar o inhalar o inyectarte, nena.) Júntense quienes consideren haberme querido, pongan música y recuérdenme, recreenme en anécdotas, risas y por qué no llantos. Critíquenme. Digan lo pelotuda o lo cobarde o lo venal que fui alguna vez. Si me encuentran alguna cualidad elogiable, lamenten que ya no estoy para prodigarla al mundo.
No sé si he sido clara. ("No, sos Ángela." Antes de que alguno de ustedes sufra ese arranque de ingenio.)
Y no, esto no es una despedida ni una señal de alarma ni un pedido de ayuda. Es melancolía de señora mayor nomás. Así que nada de mensajes para ver cómo estoy: dedíquense a terminar bien el año y como bien dice mi amiga acá, a no joderle la vida a quienes hoy trabajan hasta tarde.
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