Buen día, miserables.
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Buen día, miserables.
Turno para la hispanósfera. Caso poco conocido (Turquía), circulando en inglés (versión abominable "traducida" por ChatGPT, a la que no daré difusión), de un cruce cómico y grotesco entre burocracia termocefálica y metrología fantástica, por así llamarla.
Omitiendo un montón de detalles: estudio de desarrollo de software turco, en 1992 le venden un sistema a unos ingleses y, esto es importante, no entregan el medio físico (en ese momento hubieran sido cintas magnéticas), sino que lo transmiten por un canal de telecomunicaciones no sujeto al escrutinio de la autoridad estatal.
Craso error.
A la hora de hacer la declaración impositiva, resulta ser que el pobre empleado público a cargo no sabe cómo vincular la intangibilidad del código que fue enviado con la otra intangibilidad--no distinta pero mejor legislada--del dinero recibido también por télex o lo que sea por nuestra empresa en Turquía.
Abreviando: no sólo hubo que grabar el choclazo de bits en un soporte físico, sino convencer a un juez de que el trabajo implícito en dos bobinas de cinta magnética valía tantísima plata.
Que fue cotizada, no les jodo, en metros.
¿Metros de qué? De cinta magnética, qué pregunta.
Hay muchas reflexiones que se pueden hacer sobre la anécdota--no todas particularmente elogiosas respecto de nuestra época presuntamente más esclarecida--y las dejaré como ejercicio para el o la lector/a.
En fin.
La referencia que tengo son las palabras de Ali Akurgal, citadas aquí. Traducidas como pude con lo más primitivo que encontré, porque luddita. Y orgullosa.
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